miércoles, 12 de septiembre de 2007

Revolución Verde versus Agroecología

Diego Griffon.

La agricultura es una actividad fundamental para el desarrollo de cualquier país, por lo tanto, es indispensable que el estado invierta en investigación y desarrollo en esta área, para de esta manera poder alcanzar el anhelado objetivo de la soberanía y seguridad agroalimentaria.

Ahora bien, la inversión por si sola no asegura que se alcance el objetivo antes mencionado, como cruelmente lo demuestra el estado actual de nuestra agricultura. Para lograr estos objetivos es fundamental establecer como líneas centrales en los programas de desarrollo agrícola la investigación en tecnologías acordes con las condiciones agroecológicas del país, que se fundamenten en el uso de materiales autóctonos, que permitan un desarrollo no dependiente de tecnologías y materias primas importadas.

Sin embargo, lamentablemente el paradigma imperante en las ciencias agrarias sigue siendo el de la nefasta Revolución Verde, nombre con el que se bautizó al sistema de producción agrícola de cereales que se dio en México a partir de 1943, como consecuencia del empleo de técnicas de producción centradas en la selección genética y la explotación intensiva permitida por el regadío y basada en la utilización masiva de fertilizantes, pesticidas y herbicidas.

Estas técnicas, al poco tiempo se fueron incorporando en otros países del "Tercer Mundo", a la par que se diversificó su aplicación a todos los cultivos.

La importancia de esta revolución radicó en que mostraba perspectivas muy optimistas con respecto a la erradicación del hambre y la desnutrición en los países subdesarrollados.
Los resultados en cuanto a aumento de la productividad fueron en principio espectaculares. En México, baste citar como ejemplo al trigo; su producción pasó de un rendimiento de 750 kg por hectárea en 1950, a 3,200 kg en la misma superficie en 1970 (Wikipedia, 2006), estos resultados llevaron a toda una generación de agrónomos del tercer mundo a implementar las técnicas de la Revolución Verde masivamente en sus respectivos países.

Pero los aspectos negativos no tardaron en aparecer: problemas de almacenaje de sustancias toxicas desconocidas y perjudiciales, excesivo costo de semillas y tecnología complementaria, alta dependencia tecnológica, desaparición de cultivos tradicionales mejor adaptados a las condiciones locales y la aparición dramática de nuevas plagas súper resistentes. Todo lo cual, lejos de solucionar las problemas de pobreza y hambre, solo los incrementó a la par que aumentó la dependencia económica y tecnológica de las naciones menos desarrolladas.

Por estas razones la Revolución Verde es muy criticada desde diversos puntos de vista, que van desde el ecológico al económico, pasando por el cultural e incluso nutricional, y representa un modelo de producción obsoleto que solo se mantiene en vigencia por la reticencia al cambio de las academias agrícolas.

Todo esto hace evidente la necesidad de impulsar un nuevo tipo de agricultura, que permita alcanzar las metas de soberanía y seguridad agroalimentaria; para lograr esto es indispensable dejar atrás el caduco paradigma industrialista y pasar al del desarrollo integral.

En el marco de este nuevo paradigma, en el cual no se antepone el conocimiento científico a la sabiduría ancestral de nuestros pueblos, es posible desarrollar nuevas tecnologías adaptadas a las condiciones agroecológicas del país, que permitan la inclusión social y transformar la difícil condición de vida del campesinado.

Esto se debe a que en este nuevo paradigma se hace énfasis en sistemas de producción intensivos en la mano de obra y no intensivos en la mecanización, por lo que generan más empleos y se disminuye la dependencia tecnológica, además forma parte de este paradigma el trastocar los modos de asociación entre los individuos, favoreciendo los esquemas cooperativistas, de responsabilidad y ganancias compartidas equitativamente, inspirándose en las experiencias altamente exitosas de cooperativas como Mondragón en el País Vasco o del movimiento Kibbutzim en Israel.

Para el desarrollo de estas tecnologías en el país, se deben impulsar líneas de investigación acordes con estos principios, en las cuales participen grupos interdisciplinarios de investigadores al lado de campesinos y productores para de esta forma tener una visión integral (Holística) de cada situación, que permitan desarrollar soluciones igualmente integrales.

Este enfoque integral hacia la producción de alimentos, fibras y forrajes que equilibra el bienestar ambiental, la equidad social y la viabilidad económica entre todos los sectores de la sociedad tomando en cuenta el compromiso con las generaciones futuras, es conocido en el ámbito científico como Agroecología.

La cual no es más que la aplicación de los principios de la ecología al diseño y manejo de agroecosistemas sostenibles. Por lo tanto, es un enfoque que apunta hacia una agricultura y desarrollo agrícola, basados en el rescate de los conocimientos ancestrales y en la aplicación de los principios de la agricultura alternativa.

Esto se logra integrando ecología, socioeconomía y cultura para asegurar la sostenibilidad de comunidades agrícolas, su productividad, un medio ambiente sano y la soberanía e independencia agroalimentaria.

Con esta herramienta se espera que logremos una independencia tecnológica total, no solo la independencia parcial, que caracteriza a la gran mayoría de las propuestas de desarrollo tecnológico que se han hecho en los países menos desarrollados, esto es un factor preponderante en la propuesta, ya que mientras el desarrollo no se produzca integralmente, siempre vamos a ser dependientes de la posibilidad de adaptación al país de tecnologías ajenas, lo que ha convertido a nuestra ciencia en domesticadora de tecnologías ajenas, en vez de productora de tecnologías autóctonas.

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Les Processus

1 comentario:

@dri dijo...

Te felicito, es muy cierto todo o q dices! Gracias por la informacion!