jueves, 7 de septiembre de 2017

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The Secrets of the Wood Wide Web 

By  Robert Macfarlane

"...For centuries, fungi were widely held to be harmful to plants, parasites that cause disease and dysfunction. More recently, it has become understood that certain kinds of common fungi exist in subtle symbiosis with plants, bringing about not infection but connection.These fungi send out gossamer-fine fungal tubes called hyphae, which infiltrate the soil and weave into the tips of plant roots at a cellular level. Roots and fungi combine to form what is called a mycorrhiza: itself a growing-together of the Greek words for fungus (mykós) and root (riza). In this way, individual plants are joined to one another by an underground hyphal network: a dazzlingly complex and collaborative structure that has become known as the Wood Wide Web.

...The relationship between these mycorrhizal fungi and the plants they connect is now known to be ancient (around four hundred and fifty million years old) and largely one of mutualism —a subset of symbiosis in which both organisms benefit from their association. In the case of the mycorrhizae, the fungi siphon off food from the trees, taking some of the carbon-rich sugar that they produce during photosynthesis. The plants, in turn, obtain nutrients such as phosphorus and nitrogen that the fungi have acquired from the soil, by means of enzymes that the trees do not possess.

The implications of the Wood Wide Web far exceed this basic exchange of goods between plant and fungi, however. The fungal network also allows plants to distribute resources—sugar, nitrogen, and phosphorus—between one another. A dying tree might divest itself of its resources to the benefit of the community, for example, or a young seedling in a heavily shaded understory might be supported with extra resources by its stronger neighbors. Even more remarkably, the network also allows plants to send one another warnings. A plant under attack from aphids can indicate to a nearby plant that it should raise its defensive response before the aphids reach it..."


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domingo, 20 de agosto de 2017


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Gonzalo Fernández de Oviedo – 1514

La isla de Cubagua, como tengo dicho, es pequeña, y puede bojar tres leguas, poco más o menos. Es llana y el terreno en sí es salitral, y por tanto esteral de todo genero de buenas hierbas. En esta isla de Cubagua, de quien aquí principalmente se trata, es donde en estas partes e Indias más se ejercita la pesquería de perlas. Nunca fue aquella isla de Cubagua poblada de indios por su esterilidad y falta de agua, y por eso venían a ella de otras islas y de la Tierra-Firme a pescar las perlas. A fama de lo cual después los cristianos desde esta isla Española y desde San Juan fueron a poblar allí algunos y a rescatar las perlas.

A la redonda de Cubagua y por delante de ella, a la parte del Levante es todo placeres, y en ellos se cría las perlas en las ostras o pescados así llamados que las producen. Las cuales son allí naturales y desovan y crían en gran cantidad, y por lo tanto se debe creer serán perpetuas, aunque es necesario que sean esperadas y las dejen llegar a perfección de poderse coger, para que sean más provechosas y mejores.

A sido esta granjería muy rica, en tanta manera que el quinto que se paga a Sus Majestades de las perlas y aljófar ha valido cada año quince mil ducados y más, no hablando en lo que se habrá hurtado por algunos: que su poca conciencia y mucha codicia los hace determinar a su peligro para haber llevado encubiertos muchos marcos de perlas y puédese creer que no de las peores, sino de las más escogidas y preciosas.

Los cristianos que en esta granjería entienden, tienen esclavos indios, grandes nadadores, y envíalos su señor con una canoa, y en cada canoa de estas van seis o siete o más o menos nadadores donde les parece o saben ya que es la cantidad de las perlas; y allí se paran en el agua, y échanse para abajo a nado los pescadores hasta que llegan al suelo, y queda en la barca o canoa uno que la tiene quieta todo lo que el puede, atendiendo que salgan los que han entrado debajo del agua. Y después de grande espacio ha estado el indio así debajo, sale fuera encima del agua y así entrando en la canoa, descansa un poco y come algún bocado, si quiere. Y torna al agua, y torna a salir con más ostras que ha tornado a hallar, y hace lo primero se dijo, y de esta manera todos los otros indios.

Algunas veces que el mar anda más alto de lo que los pescadores y ministros de esta granjería querrían, y también porque naturalmente cuando un hombre está en mucha hondura  debajo del agua, los pies se levantan para arriba y con dificultad puede estar  en tierra debajo del agua largo espacio, en esto proveen los indios de esta manera. Echanse sobre los lomos dos piedras, una a un costado y otra al otro, asidas de una cuerda, de forma que de la una a la otra queda un palmo o lo que les parece de intervalo, y el indio queda en medio, y déjase ir para abajo; y como las piedras son pesadas, hácele estar en el suelo quedo, pero cuando le parece y quiere subirse, fácilmente puede desechar las piedras y salirse. 

Y tienen tanta habilidad algunos de los  indios que andan en este oficio en su nadar, que están debajo del agua un cuarto de hora de reloj y algunos más tiempo y menos. Y cuando viene la noche o les parece que es tiempo de descansar, recógense a la isla a sus casas, y entregan las ostras de todo su jornal al señor, cuyos son estos pescadores o a su mayordomo, y aquel háceles de dar de comer, y pone en cobro las ostras.

Otra cosa grande y muy notable me ocurre de esta isla, y es que preguntando yo algunas veces a los señores particulares de los indios que andan en esta pesquería si se acaban o se agotan estas perlas, pues que es pequeño el sitio o término donde se toman y  muchos los que las buscan, decíanme que se acababan en una parte y se pasaban los nadadores a pescar en otra al otro costado de la misma isla o viento contrario y que después que también allá se acababan, se tornaban al primer lugar o a alguna de aquellas partes, donde primero habían pescado y lo habían dejado agotado de perlas, y que lo hallaban tan lleno, como si nunca allí hubieran sacado cosa alguna.

Tiene la isla de Cubagua en la punta del Oeste una fuente o manadero de un licor, como aceite, junto al mar, en tanta manera abundante que corre aquel betún licor por encima del agua del mar haciendo señas más de dos y tres leguas de la isla. A que este licor de Cubagua hallan que es utilísimo y de España lo envía a pedir con mucha insistencia. Algunos de los que lo han visto dicen ser llamado por los naturales stercus demonis , y otros le llaman petrolio.



Crónica real de Gonzalo Fernández de Oviedo, tomada del libro: Historia real y fantástica del Nuevo Mundo. Horacio Jorge Becco. Biblioteca Ayacucho. 1999. Se ha modificado la ubicación de algunas oraciones.

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